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De Gibraltar a la Rioja, los vinos del Deán

 

    Aunque el duro sitio del Peñón de Gibraltar y el fragor de la lucha contra los ingleses por recuperar el enclave en 1782 – éste fue el último fracasado serio intento español por recuperar el estratégico punto- lo dejaron inutil para  seguir activo en la vida militar, supo este nuestro personaje dar un nuevo sentido a su vida.

Por sus servicios a la patria como oficial en el sexto batallón de guardias reales de infanteria de marina y las consecuencias de la herida en su pierna, un decreto de 6 de febrero de 1783 le adjudica una pensión anual de 1200 maravedíes y la certeza de alcanzar el grado de  General.

Es entonces cuando Diego Quintano y Quintano decide volver a su pueblo natal en la rioja alavesa, a Labastida.  Allí está  su casa solariega. Como varón primogénito,  habiendo muerto su padre, se hará cargo de las tierras, viñas, bodegas y negocios de la familia.

Manuel, su hermano y segundo varón de la familia, como era del uso en esa época, había seguido la carrera eclesiástica: Bayona, Madrid… habían sido sus ciudades de formación.  Ya era canónigo de la Catedral de Burgos pero en su mente las vides, pámpanos, el recuerdo de las imágenes de la  vendimia … revoloteaban.

Se dice  que Diego animó  a Manuel a que viajara  a Burdeos ,  para aprender el método de vinificación que usaban allí. A su regreso en 1787, redacta una memoria sobre el tema que despejará los horizontes e impulsará la fama de los vinos de la Rioja. La familia Quintano decide adoptar este nuevo método a pesar de las amenazas y la incomprensión del resto de los productores riojanos.

En 1790 ya explica las virtudes de su vino hecho al modelo de Burdeos. En síntesis, introdujo la barrica, el trasiego periódico, el azufrado y la vinificación sin raspón. El nuevo vino envejece maravillosamente y en vista de ello solicita al Rey autorización para llevar sus vinos a Centroamérica, obteniendo la correspondiente licencia con fecha 30 de enero de 1790.

En 1795 el navío la Natividad embarca en Santander 605 cántaras de su vino de la Rioja en 10 toneles y 1.050 botellas alojadas en paja, en viejas barricas.

El 27 de marzo de 1800, alcanza Manuel la dignidad de Deán de la Catedral de Burgos. Ya sólo se habla en los círculos viticultores de los vinos del Deán.  Diego  es,  ese mismo año,  Coronel, Gobernador y Juez Subdelegado de Rentas de Cantabria.

Navíos y bergantines establecen vinculación de sus vinos en América desde Bilbao a Veracruz. En 1802 cuatro cajones de botellas y dos barricas. El Navío San Antonio, el  Navío Belisario, el bergantín Ana María y el bergantín Primavera eran algunos de esta importante aventura. La nueva empresa tuvo algunos contratiempos -La mercancía del bergantín Primavera fue enajenada en Veracruz para abonar el flete-. También sufrió la incomprensión de un vino de nuevo estilo, pues a la llegada del Belisario hubo de convencer a sus clientes sobre el nuevo vino… «pero me admira que una plaza como ésa se crea que semejante vino tiene composición alguna perjudicial…». Era esto en 1805.

El negocio de exportación prospera. Sus caldos son apreciados.

En 1808 compra Diego viñas en Zuzarrán y Revilla a los herederos de  Lorenzo de Torrijos  (PARES:Archivo Histórico Provincial de Álava, ESC, 21530).

Los hermanos Quintano son luchadores y leales a su patria y su rey. Por eso cuando reciben, en septiembre de 1808, comunicación del Conde de Cabarrús reclamándole juramento de fidelidad al Rey Josef Napoleón y a la Constitución de Bayona. Diego de Quintano se excusa; se le reclama de nuevo el dos de octubre tal juramento, en términos… «tenga Ud. la bondad de lo que ba a hazer, una renta pingüe como la que Ud. cobra merece mucha reflexion. Ud. jura y sin duda la conserva. Ud. no jura y la pierde, y que gana el Estado en que Ud. no reconozca a José I.»

Un atardecer, terminadas las labores de la vendimia, ambos hermanos degustan su vino y charlan pausadamente… ¡ la vida es impredecible!, Diego -dijo Manuel- ambos hemos entregado la vida por la sangre. El vino es la sangre de Cristo. Sí -respondió Diego en tono jovial- y mi propia sangre bien que corrió por las baterías flotantes, aquellas en las que serví a España. Pero  bendigo esas otras  naves que hoy nos permiten enviar nuestros vinos para que el mundo olvide las guerrras y celebre la paz.