Noche toledana

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Habíamos planeado nuestro viaje a conciencia. Con tiempo sobrado reservamos nuestros billetes de avión y el hotel. Elegimos uno de tamaño medio, céntrico, cercano a la playa y a pocos metros de la estación de tren, autobuses y parada de taxis.

Queríamos despedirnos de nuestras vacaciones en Sevilla, donde esperábamos gozar del sol primaveral del que carecemos en Alemania, pasando unos días en la playa. Como nuestro vuelo de regreso salía de Málaga a las 6 de la mañana, optamos por Torremolinos por su cercanía al aeropuerto.

El sol brillaba, la temperatura era excelente. Precipitadamente dejamos el equipaje en la habitación y nos dirigimos hacia la playa. Las terrazas de las cafeterías estaban muy concurridas  a pesar de no ser festivo ni temporada de vacaciones; abundaban turistas rubicundos y entrados en años gozando, displicentes, del sol y del ambiente relajado. El día era muy claro, el azul del mar se confundía con el del cielo y los agapornis, esas especie de loritos multicolores que tanto abundan aquí, jugueteaban revoloteando entre las palmeras que crecen en la arena de la playa.

Nos sentíamos a gusto. Casí sin darnos cuenta recorrimos más de dos kilómetros por el paseo marítimo, caminando tranquilamente bajo los rayos del sol, acariciados por una suave brisa y relajados con la vista del mar…

Un bonito kiosko de madera, sobre la misma arena, bellamente decorado, con sillones de mimbre, rodeado de plantas exóticas y con grandes ventanales al mar fue nuestro espacio de descanso. Tomamos el aperitivo plácidamente. La vista del mar era como un imán del que no podíamos despegar la vista. Una sensación de bienestar nos invadía…

Sabíamos como seguir disfrutando de ese último día de vacaciones; volveríamos tranquilamente al hotel, nos refrescaríamos y saldríamos a cenar temprano platitos marineros frescos de la costa. Terminaríamos la noche en la terraza custom paper online de nuestra habitación del hotel -siempre reservamos con esa condición-.

Así lo hicimos. Ya de regreso al hotel y cómodos, nos sentamos en la terraza a la luz de la luna. descorchamos nuestra botella de Viña Fuentenarro roble. Nuestro brindis fue premonitor: ¡abandona tu bodega subterránea de crianza  y vive la noche al aire libre!.

Nuestra velada transcurrió bien. Observamos las estrellas, comentamos nuestras cosas, disfrutamos de un buen vino. Y nos dispusimos a dormir.

Aquí comenzó la noche toledana que no nos dejó pegar ojo. Cerca del hotel había un pequeño local nocturno subterrráneo. Unos jóvenes estudiantes ingleses, en viajes de fin de curso, se empeñaron en visitarlo. El alcohol, la juventud,el vandalismo, la falta de civismo y principios éticos… se conjugaron. Demasiados estudiantes trataban de acceder al local. Se les denegó la entrada por su corta edad. Como protesta quemaron contenedores de basura.

Bomberos, policías, gritos y sirenas impidieron nuestro sueño y acompañaron nuestra salida del hotel rumbo a casa. Fue una noche toledana, donde los aceros campean libres.

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