La llamada de la Feria de Sevilla.

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El cielo seguía encapotado y la atmósfera era pesada. La tormenta nocturna y el rugir del viento habían perturbado mi sueño…

Encendí un cigarrillo y mientras tomaba un café trataba de poner en orden las imágenes que, entre brumas y a ritmo trepidante, habían desfilado por mi cabeza durante esa agitada noche…

Al fin se hizo la luz. Farolillos, carros de mulas, claridad, tumulto, palmas, cantes y bailes… la Giralda… era la llamada de la Feria de Sevilla.

Sí, este año vuelvo a estar allí para recuperar mi viejo rito torero: ¡La feria y yo frente a frente!.

Es un placer que descubrí hace años essays writers. Vivir la Feria a tu ritmo. Disfrutar del ambiente, saturar tus sentidos del color, los sonidos, los sabores… disfrutar de tu libertad. Y muy importante, pasar desapercibido e ir a la aventura hasta que el cuerpo aguante.

Como Machado diría, lo mejor es ir sencilla de equipaje.

Una bata de lunares, un tacón cómodo, mantón al hombro, abanico en  la mano, flor y peinas en la cabeza, documentos y «parné» en el bolsillo oculto es todo lo que necesitas.

Ante el espejo comprobé que todo estaba en orden. Con él brindé con una copa de Fino Maestro Sierra bien fría – he comprobado que las Manzanillas es mejor catarlas a la vera del mar-. Puse carmín a mis labios e inicié mi paseillo torero señoreando, hacia el Real.

 

 

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