31 de diciembre: ¿uvas o burbujas?

Es ley de vida; el paso de los años va envejeciendo nuestros cuerpos, incluso aquellos que rebozan salud; el espíritu, la inteligencia, la sabiduría… nos hace mantener la jovialidad aunque nos hace entender ese viejo dicho de que del dicho al hecho… va un gran trecho. Es cierto, nuestro ritmo se va haciendo más pausado y, a su vez, los viejos recuerdos afloran fácilmente.

En casa de mis padres recuerdo haber tomado las uvas la noche de fin de año desde mi infancia. Había una salvedad; cuando éramos pequeñas no se esperaba a la medianoche ni era un reloj el que nos marcaba el ritmo. Esa noche cenaba con nosotros una familia amiga con sus 5 hijos. 11 niños de edades similares y dos matrimonios con muy buen humor convertían esa noche en una verdadera fiesta.

Tras la cena, cuando todos teníamos nuestro platito con las 12 uvas -mamá siempre pelaba y despepitaba las suyas de antemano- , papá nos marcaba el ritmo golpeando con un cuchillo pesado de plata la jarra de agua de cristal tallado. ¡Adolfo, por favor, -decía Mamá- cuida la jarra que fue un regalo de bodas!. Todos reíamos y los chistes surgían sin pausa.

Y era entonces cuando teníamos nuestro especial cotillón: la piñata

Esa era una noche muy familiar y bonita: anédotas, juegos, travesuras, risas…

Fueron bonitos esos años en los que eras tú la protagonista de la noche de fin de año y no una simple espectadora de la Televisión, las campanadas, el bullicio entre gente desconocida…

Una tradición tan española como es tomar las 12 uvas con las campanadas que marcan la hora en que acaba el año no la hemos sabido exportar. Sin embargo, aunque fuera por sátira política -se criticaba como la alta burguesía y los políticos gustaban distinguirse-, a fines del siglo XIX, entronizamos la costumbre de brindar con champán, champagne, cava o espumoso rodeados de gente desconocida  en plazas públicas.

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¡ Feliz entrada de año! os desea Agajupi